4 El impacto en la industria española

El modelo productivo español, tanto ahora como en los años 60, se fundamenta en los sectores de menor valor añadido, basados en una explotación intensiva del trabajo y de los recursos naturales y ambientales. La integración en la CEE y en especial a la Unión Monetaria Europea fue vendida por las élites españolas y transnacionales como el mejor camino para transformar el modelo productivo hacía producción con más valor añadido –en sectores de más alta tecnología, mayor productividad, mano de obra más cualificada y, por tanto, con mejores salarios. Sin embargo, la pertenencia a la UE no parece haberlo logrado. Es más, todo indica que la pertenencia al euro ha reforzado este modelo productivo de bajo perfil y dualizado. Durante todo este período hemos asistido a un proceso de desindustralización que, si bien también se ha producido en el resto de países europeos, ha sido más acusado en el Estado español y que la actual crisis todavía agudiza más.

La integración entre desiguales

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Una pancarta ante el Parlamento de Chipre que pregunta por quién será el próximo: ¿España o Italia? / YIANNIS KOURTOGLOU (AFP)”

La integración europea durante las últimas décadas ha tenido lugar en un contexto de globalización del capital con importantes cambios en la redistribución internacional y global de la producción y la competitividad del trabajo, con serias consecuencias internas. La integración económica en la UE asocia países y empresas con sistemas productivos y niveles de competitividad muy variados. Europa siempre ha consistido en un potente centro productivo y una periferia en bastantes aspectos subordinada a aquel. El Estado español persistentemente se ha contado entre los segundos. La especialización industrial de las economías de la periferia europea se ha basado principalmente en mantener la competitividad debido a costes bajos lo que supone procesos productivos de bajo valor añadido, tecnología de segundo nivel, mucho peso del trabajo no cualificado y permisividad laboral y ambiental. Este ha sido el modelo de industrialización español.

En los últimos años, la especialización productiva basada en productos de bajo valor añadido se encontraba con crecientes dificultades en los países de la periferia sur de la UE –Estado español, Italia, Portugal, Grecia– por una parte, por la entrada de los países del Este en la UE y, por otra, por la creciente competencia de los países exportadores de bajos ingresos –China, India, etc. Mientras, los países centrales como Alemania, los Países Bajos y los países nórdicos, experimentaban un proceso inverso y les conducía a ser altamente competitivos.

La demanda creciente de los países periféricos, estimulada a base de crédito supuso una importante salida para las producciones de los países centrales. Así pues, la periferia sur de la UE ha ido cambiando de unos espacios con una industria precaria, a convertirse en la fuente de una abundante demanda para los países centrales, que, más competitivos, suponían una fuerte competencia para las industrias de los propios países periféricos. El resultado de estas distintas dinámicas en la UE ha sido un desequilibrio comercial y una creciente divergencia en competitividad entre el centro y la periferia.

Hacia la devaluación interna

Con el estallido de la crisis, las tradicionales políticas para reactivar la economía ya no eran posibles con la pertenencia a la zona euro; la política cambiaria que había sido la palanca utilizada para reactivar la economía en todas las crisis anteriores ahora no era posible. Y la UE no ha diseñado, y mucho menos proporcionado ayudas significativas, para el desarrollo de los sistemas productivos en los países miembros. Por el contrario, la UE ha impuesto sobre todo a los países periféricos el criterio de la austeridad, y ante la imposibilidad de la devaluación externa, el resultado está siendo una devaluación interna –reducción de salarios y aumento del desempleo– y una destrucción selectiva de la producción industrial inaudita en crisis anteriores. Lo que a su vez facilita la estrategia general de concentración del capital.

La demanda creciente de los países periféricos, estimulada a base de crédito supuso una importante salida para las producciones de los países centrales.

Sin lugar a duda, el sistema productivo español, conjuntamente con los otros países rescatados, está sometido a una nueva y caótica reestructuración y a la vez soportando el peso de la crisis del espacio europeo del capital y su integración monetaria dentro de una crisis global de sobreacumulación. En este contexto, las alternativas críticas para la salida de la crisis que han dominado el debate han sido dos. Por un lado, hay quien demanda corregir los desequilibrios en las balanzas comerciales mediante políticas de estimulo de la demanda doméstica de las economías con superávit comercial –el norte de Europa– tales como el fin de la moderación salarial y la relajación de los compromisos a la estabilidad de precios. Sin embargo, estas políticas económicas no parece que puedan solucionar los problemas estructurales de la industria española y europea. Otros, han propuesto la salida del euro. No obstante, la posibilidad de depreciar la nueva moneda nacional no garantiza escapar del desarrollo desigual de las fuerzas productivas dentro y fuera de las economías nacionales, de los ciclos de sobreacumulación de capitales y, por tanto, de la crisis. En particular, para el Estado español, no garantizaría una reestructuración profunda de la economía fuera de la larga dependencia de los flujos de capital extranjero tanto en la industria, como en el turismo o en la deuda, ni un cambio hacia un modelo basado en una productividad mayor y competitividad global de la industria.

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